Habían lugares que no se construían con paredes, sino con afecto. La casa de la abuela era uno de ellos: un territorio donde la protección y el cariño se mezclaban como ingredientes esenciales de una receta invisible, pero inolvidable. Allí, cada gesto era una forma de abrigo y cada rincón parecía diseñado para recordarnos que el amor también tiene espacio, temperatura y aroma.

Ir a la casa de la abuela era, en esencia, mudarse por unos días a otro mundo. Un cambio de nido que prometía una breve estadía, pero dejaba huellas permanentes. Sabíamos, sin decirlo, que esos días serían irrepetibles. Ella, con sus manos marcadas por el tiempo, se encargaba de acomodar la felicidad en cada esquina: en la forma de tender una sábana, en el orden de los utensilios, en el simple acto de llamarnos a comer.

Las mañanas despertaban con un lenguaje propio. El olor a tierra mojada, todavía fresca del rocío, se entrelazaba con el verdor de los limoneros. La leche, reposando en su bidón, parecía esperar pacientemente su destino. En la cocina, los moldes de hielo se desmoldaban para pasar al jarro de aluminio, donde pronto se rendirían ante la dulzura espumosa de un “morir soñando”, que se alistaba en la meseta detrás de un “Ponche de huevo de Pato”, fuente de la eterna juventud rural.

El mediodía llegaba con carácter. El fogón encendido transformaba la cocina en escenario, y la naturaleza, generosa, ofrecía sus condimentos: recaíto, ajicitos gustosos, verduritas y el inconfundible toque de bija. Afuera, las gallinas, ajenas a su destino, corrían de un lado a otro en una coreografía cotidiana, marcando el ritmo del patio con su incesante “ti ti ti”.

El humo del fogón daba apertura al gran juego: “La gran batalla de la mesa”. El agua de la tinaja refrescaba el arroz para salir de su acostumbrado baño meridiano y participar de la obra. Habichuela roja o guandúles verdes serían los equipos que decidirían el color del juego. Se colocaba la mesa y cada plato traía una recarga infinita “échale má’ que eso e muy chin comida”, decía el ampáyer. Allí, el hambre no solo se saciaba: se celebraba.

Ya en la tardecita se abría la caja mágica: La vitrina o estante. Aquel anaquel que albergaba formas, texturas y sabores que componían la melodía de las meriendas vespertinas. “rabito e’ puerco”, “Cosa de Monja y Bolitas de Padre”, “morroquito”, “piloncitos”, “jalao”, “hoyo e’ Letrina”, “Gofio”, “arrocitos”, “conconete”, “paletas del Chavo”, “mantecaditos” y una infinita cantidad que conformaban esta rica caravana de antojitos infantiles.

La “champola de guanábana” y el “dulce de cereza” no se hacían esperar. Con increíble audacia agregaban una energía azucarada para trepar en los arboles con destreza; corretear en los surcos y una que otra vez entre tabaco y maíz. Con esta reserva de azúcar buscar entre corotos viejos se convertía en una magnífica sala de tareas. Esos objetos que con cuidado los años habían colocado en un lugar estratégico se alborotaban como las avispas.

Dar forma a piezas empolvadas, a envases vacíos y a objetos desgastados sería el reto para convertir aquel escenario en la fábrica de otros productos que cargados de olvido cobrarían vida. Lodo, alambres y pedazos de madera se aliaban para forjar ideas que trascenderían a la época, tal vez interrumpidos por un “Ven a bañarte que ya el agua ta tibia”, creaban la estructura de la huella de un bonito recuerdo. Era el cierre perfecto de un día lleno, la pausa necesaria antes de que la noche volviera a envolver la casa.

Porque la casa de la abuela no era solo un lugar: era una forma de vivir el tiempo. Un refugio donde lo cotidiano se volvía extraordinario y donde, sin darnos cuenta, aprendíamos que los recuerdos más duraderos nacen de las cosas más simples.

Por Guillermo Abreu

Publicista, Diseñador Gráfico y Consultor de Marcas, egresado de la Universidad Católica Santo Domingo con más de 20 años de experiencia en diferentes áreas de la comunicación visual. Mi especialización en Branding y desarrollo de Marcas.

Un comentario en «Donde la felicidad era simple: infancia y recuerdos en la casa de la abuela»
  1. Wao Excelente articulo, Ciantos recuerdos!!!
    La mejor parte de las vacaciones era ir a las casas de las abuelas, otro nivel de experiencias inolvidables ❤️

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