¿Dónde es?, ¿Te invitaron?, ¿Quiénes van?
Estas preguntas no eran simples curiosidades, sino credenciales sociales para uno de los acontecimientos más significativos de la época: el cumpleaños de marquesina. En aquellos años en que los bailes improvisados y los pantalones “brinca charcos” formaban parte del uniforme cotidiano de la alegría, una invitación —explícita o no— bastaba para asegurar una tarde inolvidable.

La tarde apenas comenzaba y ya se sentía en el ambiente una avalancha de emociones en marcha. Desde la distancia se distinguía la casa que, por unas horas, se transformaría en escenario de celebración, color y desbordada felicidad. La marquesina era mucho más que un espacio de parqueo: era el epicentro social del barrio, el teatro doméstico donde todas las familias, sin excepción, estrenaban su mejor versión.

Desde temprano, una cordillera de sillas plásticas se alineaba pacientemente, preparada no solo para la familia, sino para una procesión interminable de invitados que llegaban sin autorización previa, cayendo como paracaidistas en la pista de aterrizaje de la diversión. Nadie preguntaba, nadie cuestionaba; la fiesta era de todos.

En el centro, la mesa del comedor vestía sus mejores galas. Sobre ella se levantaba una auténtica maqueta gastronómica popular: bandejas repletas de pastelitos, quipes, palitos de queso, platanitos y dulces diversos, escoltados por un brillante arcoíris de vasitos plásticos llenos de refresco y hielo, promesa de alivio ante el calor y la euforia.

Las paredes, por su parte, se cubrían de una constelación de globos y papel celofán que danzaban al compás de la brisa, los pitos estridentes y las notas alegres de merenguitos inolvidables como El Jardinero de Wilfrido Vargas. Todo vibraba: el aire, las risas, los pasos torpes de baile y la sensación colectiva de estar exactamente donde se debía estar.

Y cuando la tarde comenzaba a rendirse, hacía su aparición el protagonista silencioso: el bizcocho. Fastuoso, coronado con su peinado impecable de suspiro blanco, reposaba solemne, esperando el momento de ser dividido bajo una advertencia tan tierna como autoritaria:
“¡El que no se sienta no come bizcocho!”

Así, entre reglas no escritas, sabores compartidos y una felicidad sencilla pero profunda, el cumpleaños de marquesina se consolidaba como un ritual social, un retrato fiel de una época donde celebrar era, ante todo, un acto colectivo.

Por Guillermo Abreu

Publicista, Diseñador Gráfico y Consultor de Marcas, egresado de la Universidad Católica Santo Domingo con más de 20 años de experiencia en diferentes áreas de la comunicación visual. Mi especialización en Branding y desarrollo de Marcas.

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