El ascenso social representa, para muchos individuos, una conquista silenciosa pero profunda. En las comunidades más apartadas, abandonar el lugar de origen en busca del alimento del conocimiento no es solo un desplazamiento físico: es la colocación de una viga más en el puente del desarrollo humano. Migrar para aprender implica construir futuro a fuerza de esperanza, sacrificio y fe.
“¡Venid los moradores del campo a la ciudad…!”, proclama el Himno a las Madres, y en esa invitación se encierra el pasaporte simbólico hacia la superación. Basta con buscar en los álbumes familiares, en esas fotografías detenidas por el tiempo, para reencontrarse con los sueños suspendidos de una generación que alguna vez se atrevió a pensar en la palabra “universitario”. Cada imagen guarda pasos inciertos, mochilas gastadas y miradas cargadas de expectativas.
Para muchos, emprender este viaje transformaba de raíz su manera de pensar. Desde las localidades más remotas comenzaban a pronunciarse títulos que aún no se habían ganado, pero que ya se soñaban: “Licenciado”, “Doctor”, “Ingeniero”. Aquellas palabras vestían de dignidad el porvenir. Llegar a la ciudad y encontrar un lugar donde vivir, aunque fuera prestado, se convertía en el primer gran reto. Las casas de familiares se transformaban entonces en refugios colectivos, verdaderos cardúmenes de deseos y aspiraciones donde convivían la estrechez material y la abundancia de sueños.
Vestidos de esperanza, salían cada mañana acompañados de una fe difícil de describir. El simple acto de dejar atrás el ranchito, el coche por carro, el sabor del caldero a la leña, la habichuela roja de fogón y la gallinita criolla marcaba el inicio de una nueva etapa. El jarrito de aluminio y el chin de café quedaban camuflados entre cuadernos, papeles y responsabilidades inéditas.
El cambio se hacía evidente con el tiempo. El lenguaje, ese carnet de identidad que delata la procedencia, comenzaba a poblarse de nuevos inquilinos, ajustándose poco a poco a la temperatura urbana. “La Capitai” y “La Capitar” parecían mundos distintos, cada uno sembrado de costumbres firmes y códigos propios. Muchos dejaban de ser llamados por su nombre para adoptar el de su lugar de origen: “Bonao”, “Barahona”, “Samaná”; o por alguna marca regional o rasgo físico: “Chivo”, “Peje”, “Jabao”, “Prieto”, “Rubia”.
Y así, con el paso del tiempo, aquel individuo que cambió su burrito sabanero por una voladora avanzaba, casi sin darse cuenta hacia la meta soñada. El birrete y el título no eran solo símbolos académicos, sino la confirmación de una victoria íntima: la de haber cruzado el puente del campo a la ciudad sin renunciar del todo a sus raíces.

