Durante décadas, las grandes cadenas de supermercados transformaron el ecosistema comercial al integrar en un mismo espacio servicios que antes se encontraba distribuidos en negocios independientes. Panaderías, delicatessen, farmacias, carnicerías, jugueterías, tiendas de regalos, cuidado personal y otros servicios que caracterizaban la vida cotidiana de los barrios y urbanizaciones fueron absorbidos por estas estructuras comerciales. Con ello, lograron consolidar una oferta integral fundada en la practicidad, la comodidad y la estandarización de la calidad, convirtiéndose en modelos de negocio emergentes que marcaron una época y redefinieron hábitos de consumo.
En la actualidad, el mercado dominicano se enfrenta a una nueva transformación. Están ingresando al país cadenas respaldadas por grandes capitales internacionales, replicando modelos funcionales que ya han demostrado éxito en distintos países de la región. Dentro de esta tendencia, emerge RITMO, una propuesta comercial precedida por formatos como APREZIO y MERCA JUMBO, propiedad de grupos económicos locales. RITMO se presenta como una solución dirigida principalmente a la clase media, con la promesa de competir mediante eficiencia, agilidad y precios ajustados, operando en espacios más reducidos y ofreciendo mejoras en la experiencia de compra.
Sin embargo, este nuevo modelo enfrenta desafíos particulares al intentar posicionarse frente a una figura profundamente arraigada en la cultura dominicana: los tradicionales colmados, también conocidos como pulperías, ventorrillos, mini-markets o surtidoras, muchas veces identificados por nombres familiares o apodos como Donde Leo, Baní o El Flaco. Estos establecimientos han sido por años más que simples puntos de venta; representan un tejido social y emocional que las grandes estructuras deberán esforzarse por comprender y superar.
Los colmados ofrecen beneficios que van más allá de lo económico y que constituyen un desafío para cualquier cadena moderna: el emblemático fiao en el cuaderno, la venta al detalle de productos cotidianos como verduras, ajo o un poco de cachú; el servicio a domicilio mediante los conocidos “delivery”, capaces de subir un botellón de agua hasta un cuarto piso sin cuestionamientos, y sobre todo, su rol como punto comunitario, donde la cerveza fría, la bachata y el dominó construyen espacios de encuentro social que forman parte esencial de la idiosincrasia dominicana.
Ante este panorama, la llegada de nuevas cadenas comerciales no solo plantea una competencia económica, sino también cultural. Queda por verse si estos modelos serán capaces de reemplazar o reconvertir una tradición que, más que comercial, es profundamente humana.

