Para muchos, el placer de satisfacer los oídos con melodías es un acto cotidiano, casi automático. Para otros, constituye un medio de subsistencia; y para una gran parte, la música se convierte en refugio, pasatiempo y lenguaje común para socializar. Más allá del sonido, la música ha sido una experiencia mediada por objetos, rituales y tecnologías que, generación tras generación, han marcado la forma en que sentimos el tiempo.
Hubo una época en la que los dispositivos para reproducir música parecían artefactos de guerra: pesados, complejos, pero de una estética impecable. El gramófono, más que un simple objeto decorativo, era una pieza de fino diseño, capaz de propagar su sonido como un canto de sirenas. Su aguja, al deslizarse sobre el disco, inauguraba una ceremonia sonora donde la música se escuchaba con atención y respeto. Con el paso de los años, aparecieron los tocadiscos y, junto a ellos, una extensa familia de Long Plays o “LP”, protagonistas indiscutibles de una edad dorada. Aquellos discos giraron incansablemente en noches dominicanas, acompañando tertulias, nostalgias y silencios compartidos al igual que las famosas “Belloneras” que con un camerino de discos animaban los bares y lugares de diversión.
Luego, como una visita inesperada en casa, llegó el casette: la célebre “cinta”. Una pequeña caja que guardaba historias, recuerdos y emociones. Lado A o Lado B decidían el destino de rimas y versos, de risas y llantos que animaban nuestros bailes. Los minicomponentes recibían aquel juguetico para ser colocados en uno de sus compartimientos frontales, como si se tratara de una zapatera repleta de canciones. Entre sus peripecias más memorables estaba el ingenio popular: bolitas de papel en los huequitos superiores y sintonizar una emisora a la espera paciente de la canción favorita y el grito urgente —¡voy a grabar!— que alertaba al vecindario. Retroceder o adelantar la cinta requería de un lápiz o lapicero, insertado en uno de sus orificios circulares para rescatar la música atrapada. Con la canción ya asegurada, el Walkman privatizaba nuestras emociones, permitiéndonos caminar por las calles acompañados de una banda sonora personal.
Más adelante irrumpió el Disco Compacto, el célebre CD, revolucionando el almacenamiento musical. Los libritos con letras añadían una nueva dimensión a la experiencia, mientras que organizar discos por géneros en carpetas se convertía en un desafío casi artístico. Evitar rayaduras era una obsesión compartida. El CD Player y, posteriormente, el Multiplayer —capaz de manejar hasta seis discos y decenas de opciones— representaban lo más encumbrado de la tecnología doméstica de su tiempo.
Sin embargo, el verdadero quiebre estaba por llegar. El MP3 transformó radicalmente la manera de escuchar, guardar y compartir música. Programas de computadora sirvieron como puentes para reproducir y, en muchos casos, traficar canciones que viajaban sin fronteras ni permisos. Este formato superó la quema de CDs y desplazó la venta de “discos variados” que animaban las esquinas de la ciudad.
La búsqueda constante de mejor fidelidad sonora trajo consigo al iPod, un dispositivo que nos otorgó una sensación de infinitud: artistas, géneros y listas de reproducción al alcance de una mano. La música dejó de ocupar espacio físico para habitar en pantallas y memorias.
Hoy, en plena era digital, las plataformas han democratizado la experiencia musical de forma abismal. YouTube, Spotify, memorias USB y aplicaciones móviles han transformado el acto de escuchar en un ejercicio inmediato y universal. Ya no se trata solo de reproducir canciones, sino de coleccionar momentos, emociones y recuerdos. Desde una aguja hasta un algoritmo, la música sigue siendo el hilo invisible que nos conecta con quienes fuimos y con lo que aún somos capaces de sentir.

