En la vida cotidiana todos interpretamos roles que nos empujan, casi sin darnos cuenta, a cumplir con jornadas laborales que sostienen a nuestras familias y estructuran nuestros días. Despertar temprano, activar la maquinaria del hogar y enfrentar la semana es una tarea titánica que, aun en su cansancio, deja una satisfacción íntima cuando las metas se cumplen y el deber queda en paz.

Pero tras esa larga marcha llega el domingo. No como un día cualquiera, sino como el resultado de toda una semana de expectativas, un descanso que se va modelando desde el lunes con la promesa silenciosa de algo mejor, una alfombra mágica que se tiende a una experiencia enriquecedora.

El sol parecía saberlo. Se apresuraba temprano, brillante, avisándonos que ese día era distinto. Pasada la hora del almuerzo, la consigna era clara: estar bañaditos y cambiaditos. El domingo exigía presencia. Uno de los rituales más esperados era la casería de quipes, que casi siempre comenzaba en Ali-Babá, en la Gustavo Mejía Ricart, entre Lincoln y Tiradentes. Aquella terraza acogedora fue durante años una vitrina viva de sabores árabes, donde el tiempo parecía detenerse entre conversaciones suaves y ver el pasar de los carros como animaban aquella calle.

Otro refugio dominical era Pizzarelli, en el malecón, aún firme junto al Parque Eugenio María de Hostos. Por décadas fue escenario de cumpleaños, celebraciones improvisadas y pasadías inolvidables. Cantar, comer y frente al mar se convertían en una especie de remedio familiar, una medicina simple pero infalible contra el desgaste de la semana y cómo aquello se convertiría en una receta para los años venideros.

Y cómo olvidar Tropi Burger, en la 27 de Febrero. Para muchos, más que un restaurante, era casi un parque de diversiones. Su fachada colorida, las sombrillitas, y aquella inolvidable Tropi-Lonchera marcaron una época fresca y alegre. Allí se acumularon tardes, risas y una felicidad sencilla, como si cada visita presionara, sin saberlo, el botón de “enter” en la memoria para crear imágenes que permanecerían colgadas en la pared de nuestros pensamientos.

Hoy esos recuerdos se reflejan en lugares como La Turkita, en la Rómulo Betancourt, donde el humo de los quipes parece un espejo del tiempo. O en las pizzas de Forno Bravo, que vuelven a calentar el ambiente y nos invitan a colocarnos, una vez más, en el tablero del domingo, reuniéndonos en ocho pedazos alrededor de una mesa.

Así, pasear un domingo en Santo Domingo se parece a caminar por los pasillos del Castillo de Versalles: no por su grandeza, sino por su capacidad de hacernos sentir parte de algo más amplio y duradero. El domingo se convierte entonces en un acto de supervivencia emocional, un avance lento por el carril de la convivencia, donde el mayor lujo sigue siendo el mismo de siempre: disfrutar la familia y dejar que el tiempo, por un momento, camine despacio.

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