La vida no solo nos transforma por los años que acumulamos, sino por las emociones que descubrimos mientras crecemos. En la adolescencia, cada experiencia parece inaugurar un universo nuevo: el primer nerviosismo, la primera risa compartida, la primera vez que el corazón late con más fuerza sin que entendamos exactamente por qué. Mientras el cuerpo iba cambiando, también se iban construyendo silenciosamente los sentimientos que terminarían definiendo quiénes seríamos.

Nuestros vecindarios eran mucho más que calles y casas. Eran territorios mágicos donde aprendíamos a convivir, a descubrir a los demás y, sobre todo, a descubrirnos a nosotros mismos. Cada esquina guardaba una historia; cada acera, una aventura. Allí comenzaba el verdadero entrenamiento de la vida.

En las tardes, cuando el sol empezaba a bajar y las voces infantiles llenaban el ambiente, salíamos a jugar “El Topao”. A simple vista era solo un juego de persecución, carreras y risas, pero detrás de aquella dinámica inocente se escondía algo más profundo. Entre el correteo y las escapadas, aparecía esa personita que despertaba un interés distinto. Ya no se trataba solamente de ganar el juego, sino de perseguir algo más sublime: la posibilidad del contacto, la cercanía accidental de las manos, la emoción de rozar una mirada. Allí comenzaban las primeras avalanchas del corazón.

Llegaba la noche, el sector entero parecía transformarse en el escenario perfecto para continuar aquella búsqueda de emociones nuevas. Entonces aparecía “Las Escondidas”, un juego que convertía la oscuridad en complicidad y la luna en testigo. Con una piedrita y las manos se sorteaba quién sería el encargado de contar, mientras los demás corrían a esconderse detrás de carros, árboles o paredes que parecían fortalezas perfectas para custodiar secretos juveniles.

Buscar a alguien entre sombras y silencios tenía algo de aventura romántica. Encontrar a esa persona especial podía significar mucho más que completar el juego. A veces, el premio inesperado era un besito robado, pequeño y fugaz, pero suficiente para quedarse grabado eternamente en la memoria.

La noche avanzaba y, con las estrellas iluminando el cielo, alguien siempre proponía buscar una botella de vidrio de refresco. Entonces comenzaba el ritual más esperado: “La Botellita”. Todos sentados en círculo, entre nervios y carcajadas, observábamos cómo la botella giraba lentamente sobre el piso. El tiempo parecía detenerse mientras el corazón rebotaba en el pecho esperando que aquella brújula improvisada señalara justo a quien deseábamos. Y cuando ocurría, llegaba el famoso “piquito”: un beso breve, inocente, pero capaz de parecer eterno.

También estaban las carticas dobladas, los papelitos escondidos en mochilas y en los bolsillitos pequeños; mensajes que eran escritos con una mezcla de timidez y valentía. Antes de las redes sociales y los mensajes instantáneos, aquellas notas eran verdaderos tesoros sentimentales. Preguntas simples como “¿Me das tu número?” o “¿Te puedo llamar?” abrían las puertas de un mundo completamente nuevo.

Y qué larga parecía la espera frente al teléfono. Marcar cada número era un acto de valentía. El corazón se aceleraba deseando escuchar la vocecita correcta al otro lado de la línea. Más adelante, las conversaciones se hacían interminables. Se dedicaban canciones por teléfono con una sinceridad imposible de replicar. Después de cada melodía llegaban las palabras suaves, las risas tímidas y aquel momento inolvidable del: “Cierra tú…” “No, cierra tú primero…”. En ese instante existía una intimidad mucho más poderosa que cualquier videollamada moderna.

Quizás por eso todavía conmueve recordar aquellos tiempos donde bastaban unos chocolaticos, flores cortadas discretamente de alguna caminata por las aceras de la tarde para sentir el amor inmenso. Porque en la adolescencia todo parecía más puro, más ingenuo y más verdadero. Y aunque los años pasen, siempre quedará dentro de nosotros esa colección de maripositas que aprendieron a volar entre juegos, carticas y besos robados bajo alguna luna.

Por Guillermo Abreu

Publicista, Diseñador Gráfico y Consultor de Marcas, egresado de la Universidad Católica Santo Domingo con más de 20 años de experiencia en diferentes áreas de la comunicación visual. Mi especialización en Branding y desarrollo de Marcas.

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