Llegaron las Vacaciones

Para muchos de nosotros, la etapa colegial representó mucho más que un período académico. Fue una de las estaciones más importantes de la vida, un territorio donde aprendimos a convivir, a descubrir nuestras capacidades y a construir gran parte de lo que hoy forma nuestro ADN social. Entre cuadernos, recreos, exámenes y amistades, se colocaron silenciosamente los cimientos de quienes llegaríamos a ser.

Cuando el calendario avanzaba hacia junio, algo comenzaba a cambiar en el ambiente. Era una sensación difícil de explicar, una especie de efervescencia colectiva que recorría los pasillos, las aulas y los patios. El final del año escolar se acercaba y con él la promesa de las tan esperadas vacaciones. Los días parecían caminar más rápido y cada amanecer nos acercaba a una meta que habíamos estado persiguiendo durante nueve largos meses.

Quizás lo más parecido a una gestación era precisamente aquel recorrido escolar. Durante meses acumulábamos tareas, pruebas, exposiciones, llamados de atención, alegrías y esfuerzos. Y al llegar el final, experimentábamos la satisfacción de quien contempla una obra terminada, con el alivio inmenso de saber que habíamos aprobado el curso y podíamos cruzar la meta.

Detrás de cada promoción, de cada certificado y de cada “Pruebín”, existía también el trabajo silencioso de nuestros maestros y el sacrificio constante de nuestros padres. Hoy, al mirar atrás, comprendemos mejor aquella disciplina cotidiana de despertarnos temprano, preparar uniformes, revisar tareas y acompañarnos en el largo trayecto hacia la formación. Era una atención casi titánica, ejercida con paciencia y amor, que buscaba prepararnos para la vida mucho más que para los exámenes.

Y entonces comenzaban las despedidas. Los cuadernos estaban completos. Los uniformes aparecían rayados con firmas y mensajes improvisados. Los compañeros cuyas caras habíamos visto todos los días durante meses pasaban repentinamente a formar parte de los recuerdos. Algunos volveríamos a encontrarlos en septiembre; otros desaparecerían para siempre de nuestra rutina, quedando solamente en fotografías de “Güico”, dedicatorias y memorias.

En aquellos años, antes de que los teléfonos almacenaran nuestra historia, las fotos se escribían por detrás. Las cartas viajaban de mano en mano. Las conversaciones tenían la urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba. Cada despedida parecía una escena final de una película que todavía no sabíamos cuánto íbamos a extrañar.

Los lápices rotos, las borras gastadas, las mochilas vaciándose de libros para llenarse de ilusiones, todo parecía anunciar el cierre de un capítulo. Había algo profundamente simbólico en aquel ritual colectivo de guardar los útiles y abrir espacio para los sueños de verano.

Quedaban atrás los recreos acompañados de refresco rojo y turco de guayaba; las carreras por los pasillos; las tareas anotadas cuidadosamente en la famosa “libretica”, aquella pequeña autoridad portátil que viajaba del colegio a la casa y regresaba con la firma de papá o mamá certificando que la misión había sido cumplida.

También quedaban las fichas rayadas repletas de apuntes, los repasos fotocopiados en blanco y negro y aquellas reuniones improvisadas de compañeros que, curiosamente, tenían mucho de conversación y poco de estudio. Entre risas y nervios intentábamos descifrar qué podría aparecer en los exámenes, convencidos de que algún compañero tenía información privilegiada sobre las preguntas que vendrían.

Y finalmente llegaban ellos: los exámenes finales. Durante casi dos semanas, el colegio entero parecía moverse con una disciplina extraordinaria. Todos caminábamos ordenadamente de una prueba a otra, agotando una agenda que, al completarse, abría las puertas hacia la libertad temporal de las vacaciones. Claro está, siempre existían dos destinos posibles: la gloria de los “Exonerados”, quienes desfilaban orgullosos gracias a sus puntos acumulados, o el temido paredón de “Agosto”, una palabra que para muchos estudiantes sonaba más amenazante que cualquier tormenta tropical.

Pero cuando llegaba el último día, todas las diferencias desaparecían. Las lágrimas se mezclaban con las risas. Los bolsillos desprendidos de las chacabanas daban testimonio de un año entero de aventuras. Las camisetas de educación física aparecían cubiertas de firmas. Los zapatos mostraban el desgaste de cientos de recreos y carreras. Todo parecía decirnos que habíamos cumplido una etapa.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, comenzaban las vacaciones. Un tiempo que en nuestra memoria no se mide por semanas ni por meses, sino por emociones. Vacaciones de tardes interminables, de juegos en la calle, de visitas familiares, de televisión matutina y de la sensación maravillosa de despertar sin la obligación de escuchar un despertador.

Hoy comprendemos que aquellas vacaciones eran mucho más que un descanso escolar. Eran una celebración de la infancia, una recompensa al esfuerzo y una pausa necesaria antes de seguir creciendo.

Quizás por eso, cada vez que llega junio, una parte de nosotros vuelve a caminar por aquellos pasillos. Vuelve a escuchar el sonido de las campanas, a sentir el olor de los cuadernos recién cerrados y a experimentar la emoción incomparable de saber que el verano estaba a punto de comenzar.

Porque algunas vacaciones terminan.

Pero la felicidad de haberlas vivido permanece para siempre.

Dedicado a todos mis compañeros de ISAJUBA 97.

Un comentario en «Junio, cuadernos cerrados y corazones abiertos: la magia de las vacaciones escolares»
  1. Recuerdo mi ultimo año como si fuera ayer, Loyola 2000, con todas esas vivencias que bien describes y nos traen de vuelta esos momentos tan subestimados en el momento y tan valorados hoy dia, despues de 26 años. Como siempre, excelente articulo!!!!

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